Entre la cordillera del Cáucaso y la orilla templada del mar Negro, donde el invierno parecía una concesión artificial y el termómetro coqueteaba con los 15 grados, España volvió a escribir su nombre sobre la nieve. Los Juegos Paralímpicos de Sochi 2014 fueron exceso, espectáculo y contradicción. Pero también fue fe, la de Jon Santacana, un esquiador que seis meses antes apenas podía caminar.
El equipo español aterrizó en Rusia con solo nueve deportistas, una de las delegaciones más reducidas de su historia. Todas las miradas apuntaban a un tándem inseparable: Santacana y su guía, Miguel Galindo, abanderados en la ceremonia inaugural y referencia moral de la expedición.
En septiembre de 2013, el tendón de Aquiles izquierdo del donostiarra dijo basta. El diagnóstico fue severo: rotura. Plazos imposibles, los médicos dudaban y el calendario no perdonaba. No era la primera vez que el deportista vasco desafiaba al reloj. Antes de los Juegos Paralímpicos de Turín 2006 se fracturó tibia y peroné y aun así compitió. Pero esta vez la herida era distinta, más silenciosa, más traicionera.
La rehabilitación fue una batalla íntima, lejos del ruido. Muchas horas diarias de fisioterapeuta, de gimnasio y paciencia. Cada pequeño avance era una victoria microscópica. Cada molestia, una sombra. Hasta que volvió a sentir la nieve bajo los esquís.

Oro a 120 kilómetros por hora
El descenso no admite dudas. Se baja a más de 120 kilómetros por hora y cualquier titubeo se paga caro. En el Centro Alpino de Rosa Khutor, Santacana y Galindo no titubearon. La voz del guía marcaba el trazado; el esquiador, pegado a su estela, respondía con precisión quirúrgica. Fueron los más rápidos. El oro no fue solo una medalla, fue una cicatriz cerrada a toda velocidad.
Días después llegó el slalom, una prueba más técnica e imprevisible. En la primera manga firmaron el séptimo mejor tiempo. Tocaba arriesgar. Bajo la luz artificial -primera prueba nocturna que se celebraba en unos Juegos- la remontada fue épica. Tres rivales cayeron, pero la fortuna solo acompaña a quien la busca. Santacana y Galindo atacaron cada puerta con determinación y escalaron hasta la plata. Dos metales que sabían a redención. Y rozaron el podio en supergigante y gigante, con sendos cuartos puestos.
El bronce de la perseverancia
La tercera alegría española llevó la firma de Gabriel Gorce y su guía Arnau Ferrer. Tras años llamando a la puerta, encontraron premio en la supercombinada: bronce trabajado, sufrido, celebrado. Antes habían sido séptimos en descenso y gigante, y una caída en slalom les apartó del podio. Supieron levantarse para llegar al podio. En categoría de discapacidad física, la balear Úrsula Pueyo fue undécima en gigante, mientras Óscar Espallargas, en modalidad sentado, terminó 13º en gigante y 14º en slalom.
Sochi también abrió pista al snowboard paralímpico. En el mismo escenario alpino, sobre un circuito de saltos y peraltes, la barcelonesa Astrid Fina firmó un diploma al ser sexta en categoría SB-LL2, apenas meses después de iniciarse en la disciplina. Urko Egea fue 17º y Aitor Puertas, 30º.

