A sus recién cumplidos 51 años, Dani Molina no parece tener intención alguna de bajar el ritmo. Ni en los entrenamientos, ni en las competiciones, ni en su ambición por seguir agrandando su leyenda. El triatleta madrileño, cinco veces campeón del mundo y siete de Europa, llega al Mundial de triatlón de Wollongong (Australia) con una sola idea en mente: subir de nuevo a lo más alto del podio en la categoría PTS3.
Y lo hace después de una temporada que él mismo no duda en calificar de «infierno». Tras colgarse el oro paralímpico en los Juegos de París 2024 -el único metal que le faltaba-, se tomó el año como una especie de transición. Pero la vida tenía otros planes.
“Sentía molestias, sobrecarga muscular en el psoas y el recto, empecé a correr mal, me pilló el nervio de la cadera… tuve que parar”, relata. En marzo, en plena preparación en Miami, sufrió una aparatosa caída en bicicleta al toparse con un agujero en la carretera. “Salí volando, me magullé y me di un fuerte golpe en el hombro izquierdo”, cuenta.
El dolor fue el preludio de una lesión más seria: desplazamiento del acromio, un ligamento tocado y un bulto que lo acompaña. “No podía correr ni nadar. Estuve tres meses así, nadando con un solo brazo, montado en la bici sin poder acoplarme. Me levantaba todos los días como si fuera una persona de 90 años”, recuerda.
El desgaste físico se sumó al mental: “Eso te va minando. Perdí bastante tono muscular. Veía que el tiempo se me echaba encima. Fueron meses muy complicados”.
Ayuda psicológica y resurgimiento
El regreso no fue fácil. En junio, volvió a competir en las Series Mundiales de Taranto (Italia). Quedó cuarto, pero el resultado fue lo de menos. “Fue un desastre. Tuve un ataque de ansiedad en el agua. Me planteé dejarlo. Creí que no volvería más a mi mejor versión, que se acababa mi carrera como triatleta. Estuve en la mierda”, confiesa sin tapujos.
Por primera vez en su vida, acudió a una psicóloga. El apoyo de su entrenador, Dani Rodríguez, de su familia y su propio tesón hicieron el resto. Poco después, conquistó el bronce en el Europeo de Besançon (Francia) y el oro en la Copa del Mundo de Alhandra (Portugal). «Ahí volví a verlo de otro color. Empecé a parecerme al triatleta de antes», asegura.
Y con ese impulso ha encarado la recta final hacia Wollongong. «Entrené mucho volumen, he hecho mis mejores tiempos corriendo después de una paliza con la bicicleta. Todo ha ido saliendo bien», explica. Consciente de que no podía permitirse un año en blanco, por las becas deportivas en juego, ha trabajado “como un animal” para recuperar su mejor forma.

La presión de resultados para mantener la beca
Dani Molina no se guarda críticas hacia el sistema de becas del Plan Adop del Comité Paralímpico Español, que condiciona las ayudas al rendimiento inmediato. “Deberían ser más flexivos al año siguiente de ganar un oro paralímpico. Que te den la opción de tomártelo con más calma. No puedes exigir a alguien que esté bien siempre. El plan está mal enfocado y la presión sobre los deportistas es enorme”, lamenta.
Si no gana el Mundial, podría perder parte de esa ayuda. “Si quedo segundo, me bajan 500 euros. Si soy tercero, 1.000. No se dedica uno al deporte igual siendo campeón que cuarto”, apunta.
Él sabe bien de lo que habla. Durante casi una década, Molina compitió sin becas económicas, pese a ser campeón del mundo varias veces. Su categoría, la PTS3 -reservada a deportistas con coordinación moderadamente limitada o con ausencia de extremidades-, no fue incluida en el programa oficial de los Juegos hasta París 2024. Ahora, tras lograr por fin ese oro paralímpico soñado, pelea por conservar lo conquistado.
El objetivo, el oro en Wollongong
En Australia tendrá rivales de peso. Los británicos Henry Urand y Ryan Taylor, y el alemán Max Gelhaar figuran entre los principales candidatos al podio. Pero Dani no se arruga: “Mi mayor ilusión ahora es ser campeón del mundo. Entreno para ello. El objetivo está claro: voy a por el oro”.
Pese al dolor, los baches y el cansancio, su determinación sigue intacta: “Tengo las mismas ganas, ilusión y sensación que en los días previos a los Juegos de París. He trabajado como un animal. Y el que quiera ganarme, tendrá que sufrir”, sentencia.
Con medio siglo a cuestas y un currículum que ya habla por sí solo, Dani Molina no corre por demostrar nada. Corre por pasión, por compromiso, por fe. Corre porque aún le queda gasolina. Y porque, como él mismo dice, “volver a sentirse triatleta lo vale todo”.
