La nieve de los Dolomitas volvió a pronunciar su nombre. Audrey Pascual se lanzó montaña abajo con esa mezcla de valentía y alegría que la define. Indomable sobre su sit-ski, agresiva en cada curva, ligera en los saltos. Como si conociera cada ondulación de la pista antes de llegar a ella. Y al final del recorrido, una vez más, la meta confirmó lo que ya parecía inevitable: oro.
La madrileña ha conquistado su segunda medalla dorada en los Juegos Paralímpicos de Invierno de Milán-Cortina 2026, al imponerse en la combinada de esquí alpino -categoría LW12-2 sentada-, una disciplina tan exigente como fascinante que mezcla la velocidad del supergigante con la precisión quirúrgica del slalom.
En el Centro de Tofane, las gradas vibraron con el triunfo de una deportista que no deja de escribir su historia a golpe de descenso. Entre el público, familiares celebraban cada curva como si fuese un latido compartido, conteniendo la respiración en cada salto y estallando en aplausos cuando la española cruzó la meta. Como decía su abuelo, es la ‘number one’. Ese sueño de niña es una realidad que resplandece en oro.
Una bajada sin concesiones
La jornada amaneció despejada en los Dolomitas, con el cielo limpio y el sol iluminando las laderas. La lluvia caída durante la noche había dejado la nieve algo más blanda, una condición que obligaba a las esquiadoras a adaptarse rápidamente al terreno.
La combinada arrancaba con un supergigante exigente y técnico: 1.850 metros de recorrido, 37 puertas y 30 giros, con distancias irregulares entre ellas que rompían el ritmo habitual de la prueba. No era un trazado cómodo. Exigía leer bien cada curva, anticipar los cambios de ritmo y controlar el vuelo tras los saltos para caer con estabilidad y no perder velocidad.
Audrey aguardaba su turno en la salida mientras cuatro rivales abrían la carrera. Todas descendieron con cautela, conscientes de que un error podía arruinar la jornada. Incluso la alemana Anna-Lena Forster, su gran rival en estos Juegos, salió con prudencia. La esquiadora germana venía de quedarse fuera del supergigante el lunes tras salirse de la pista, un error que había dejado el camino libre hacia el oro para la española. Esta vez buscó asegurar y cruzó la meta con un tiempo de 1:24.70.
La madrileña rompió la tónica conservadora en cuanto tomó la salida. Desde los primeros metros se percibió otra actitud. Más agresiva, más rápida, más decidida. Atacó la pendiente con convicción, inclinando su sit-ski con precisión milimétrica. En cada curva parecía ganar velocidad y cuando el recorrido le obligaba a volar tras los saltos, aterrizaba con suavidad.
Bajó buscando el límite de la pista, pero sin sobrepasarlo. Leyó el recorrido con inteligencia y atacó cada puerta con determinación. Cuando cruzó la meta, el cronómetro marcaba 1:21.88. Casi tres segundos más rápida que Forster. Un golpe sobre la mesa.
El slalom, territorio de precisión
Pero la combinada no se gana solo con velocidad. Quedaba la segunda parte del desafío: el slalom, una disciplina traicionera. Aquí no hay espacio para rectificar errores, las puertas se suceden con rapidez y cada giro exige precisión absoluta. Una mala línea o un ligero desequilibrio pueden echar por tierra todo el trabajo previo.
La espera fue larga. Casi cuatro horas entre una manga y otra. Tiempo para descansar, para recuperar energías, para volver a concentrar la mente. En competiciones de este nivel, la batalla también se libra en la cabeza. Audrey lo sabía. Cuando llegó el momento, volvió a colocarse en la salida. Respiró profundamente, clavó la mirada en la pendiente y se lanzó.
Zigzagueó entre las puertas con una técnica limpia, elegante, casi coreográfica. Cada giro era preciso, cada transición fluida. Puerta tras puerta fue construyendo la victoria. El público acompañaba el descenso con murmullos de expectación que se transformaron en un estallido cuando cruzó la meta con una ventaja de solo 46 centésimas sobre la alemana. En el slalom no fue la mejor -cuarta por tiempos-, pero daba igual, había sellado definitivamente su segundo oro en estos Juegos. Plata para Forster y bronce para la china Sitong Liu.

Una historia que sigue creciendo
Audrey Pascual nació sin tibias debido a una agenesia bilateral, una malformación congénita poco frecuente. Desde muy pequeña aprendió a convivir con una realidad distinta, pero también a mirar hacia delante sin aceptar límites. En la nieve encontró un espacio de libertad. Allí donde muchos ven obstáculos, ella encontró velocidad. Donde otros ven dificultad, ella encontró un desafío.
Ahora, con 21 años, la madrileña está protagonizando un debut paralímpico extraordinario. En Milán-Cortina 2026 ya suma tres medallas, dos oros tras imponerse en el supergigante y en la combinada, además de una plata en descenso. Un botín que ya la sitúa entre las grandes figuras del deporte paralímpico español de invierno.
Con este resultado supera a las esquiadoras Susana Herrera e Izaskun Manuel, ambas con dos medallas paralímpicas, y alcanza en el palmarés histórico a Juan Carlos Molina y Miguel Ángel Pérez Tello, referentes del esquí alpino y esquí de fondo, respectivamente. Pero la historia aún no ha terminado. A Audrey todavía le quedan dos oportunidades más para ampliar su colección: el gigante y el slalom.
